Decidir también es aprender a habitarse. Desde los primeros años de vida, los niños enfrentan decisiones cotidianas: elegir qué jugar, cómo responder ante un conflicto o si expresar lo que sienten. Aunque puedan parecer elecciones simples, en ellas se está gestando una habilidad compleja: la toma de decisiones asertiva.
De acuerdo con la psicología infantil, decidir no es solo elegir entre opciones, sino integrar pensamientos, emociones y valores en una acción consciente. Enseñar a los niños a tomar decisiones asertivas es acompañarlos en el desarrollo de una voz interna capaz de orientarlos con seguridad y responsabilidad. Lejos de imponer respuestas, este proceso implica ofrecer herramientas para que el niño aprenda a pensar, sentir y actuar de manera coherente consigo mismo y con los demás.
¿Qué es la toma de decisiones asertiva en la infancia?
La toma de decisiones asertiva puede definirse como la capacidad de elegir entre distintas alternativas considerando las propias necesidades, emociones y el respeto hacia los otros.
Desde el enfoque de la psicología del desarrollo, esta habilidad se vincula con la autorregulación, el pensamiento crítico y la competencia social. Según Eisenberg et al. (2006), la toma de decisiones en la infancia está estrechamente relacionada con el desarrollo de la regulación emocional y la empatía.
Ser asertivo no implica imponer la propia voluntad, sino expresarla de manera clara, respetuosa y consciente. En este sentido, enseñar decisiones asertivas es también enseñar límites, responsabilidad y reflexión. En la infancia, esta habilidad no surge de manera espontánea; se construye progresivamente a través de la interacción con el entorno y el acompañamiento adulto.

La importancia de enseñar a decidir: implicaciones en el desarrollo infantil
Fomentar la toma de decisiones asertiva tiene efectos significativos en múltiples áreas del desarrollo:
- Fortalece la autonomía. Cuando un niño participa en decisiones, desarrolla un sentido de control sobre su vida. Erikson (1963), plantea que la autonomía es una tarea central en las primeras etapas del desarrollo.
- Mejora la autoestima. Elegir y asumir las consecuencias de las decisiones refuerza la percepción de competencia personal.
- Favorece la regulación emocional. Decidir implica tolerar la incertidumbre y manejar emociones como la frustración o el miedo.
- Desarrolla habilidades sociales. Los niños aprenden a considerar a los otros, negociar y respetar límites.
- Promueve el pensamiento crítico. Evaluar opciones, anticipar consecuencias y reflexionar son habilidades cognitivas fundamentales.
En conjunto, estas capacidades permiten que el niño no solo responda al entorno, sino que participe activamente en él.
El papel del adulto: guiar sin controlar
Uno de los principales desafíos en la crianza es encontrar el equilibrio entre dirigir y permitir. Enseñar a decidir no significa dejar al niño sin guía, sino ofrecerle un marco seguro donde pueda explorar.
Desde la teoría sociocultural de Vygotsky (1978), el aprendizaje ocurre en la interacción. El adulto actúa como mediador, proporcionando apoyo ajustado al nivel de desarrollo del niño.
El rol del adulto incluye:
- Ofrecer opciones limitadas y adecuadas a la edad.
- Acompañar el proceso de reflexión.
- Validar emociones asociadas a la decisión.
- Evitar imponer o invalidar.
- Permitir consecuencias naturales cuando sea seguro hacerlo.
Además, el modelado es fundamental. Según Bandura (1977), los niños aprenden observando. Un adulto que toma decisiones conscientes está enseñando, incluso sin palabras.
Procesos emocionales implicados en la toma de decisiones
Decidir no es un proceso puramente racional. En la infancia, las emociones juegan un papel central. Cuando un niño se enfrenta a una decisión, pueden surgir:
- Miedo a equivocarse.
- Deseo de aprobación.
- Frustración ante la incertidumbre.
- Impulsividad.
Por ello, enseñar decisiones asertivas implica también trabajar la alfabetización emocional. Denham et al. (2003), destacan que la comprensión emocional es clave para la adaptación social.
Un niño que puede identificar lo que siente tiene mayores posibilidades de tomar decisiones más ajustadas. Por ejemplo, decir: “Entiendo que quieres ese juguete porque te gusta mucho, pero también es importante esperar tu turno”; esto integra emoción y límite.

Estrategias prácticas para enseñar decisiones asertivas
Llevar esta habilidad a la vida cotidiana requiere intencionalidad. Algunas estrategias incluyen:
- Ofrecer elecciones guiadas. Dar opciones claras facilita el aprendizaje: “¿Prefieres hacer la tarea antes o después de merendar?”
- Nombrar el proceso de decisión. Explicar cómo se decide ayuda a internalizar el proceso.
- Reflexionar sobre consecuencias. Preguntar: “¿qué crees que pasará si eliges esto?”
- Validar sin dirigir. Evitar frases como “eso está mal” y optar por preguntas que inviten a pensar.
- Tolerar el error. Equivocarse es parte del aprendizaje. La sobreprotección limita la experiencia.
- Fomentar la expresión asertiva. Enseñar a decir “no”, “no me gusta” o “prefiero esto” de manera respetuosa.
Desafíos en la enseñanza de la toma de decisiones
En la práctica, pueden surgir obstáculos como:
- Adultos que temen perder control.
- Creencias culturales centradas en la obediencia.
- Falta de tiempo para acompañar procesos.
- Dificultades del niño en la regulación emocional.
Sin embargo, estos desafíos también son oportunidades para revisar prácticas y construir formas más conscientes de crianza. Enseñar a decidir implica paciencia, coherencia y una disposición constante al acompañamiento.
Decidir como acto de construcción interna
Enseñar a un niño a tomar decisiones asertivas es, en esencia, enseñarle a escucharse. Es ofrecerle herramientas para habitar sus pensamientos, reconocer sus emociones y actuar desde un lugar de coherencia. Es permitirle equivocarse sin perder el sostén, elegir sin perder el vínculo.
La toma de decisiones no es solo una habilidad práctica; es una forma de relación consigo mismo y con el mundo. Y quizá, en ese proceso donde el niño aprende a elegir, el adulto también aprende a soltar, a confiar, a acompañar sin invadir.
Porque criar no es decidir por el otro, sino caminar a su lado mientras aprende a decidir por sí mismo. Y en ese acto, silencioso pero profundo, se construye algo más que autonomía: se construye identidad.
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Psicología con Sentido Humano

Referencias
- Bandura, A. (1977). Social learning theory. Prentice Hall.
- Denham, S. A., Bassett, H. H., & Wyatt, T. (2003). Emotional development in young children. Developmental Psychology, 39(2), 238–256.
- Eisenberg, N., Spinrad, T. L., & Eggum, N. D. (2006). Emotion-related self-regulation. Annual Review of Psychology, 57, 231–255.
- Erikson, E. H. (1963). Childhood and society. Norton.
- Vygotsky, L. S. (1978). Mind in society. Harvard University Press.


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