“¡Tienes que compartir!” es una de las frases más frecuentes en la crianza temprana. Sin embargo, de acuerdo con la Psicología Infantil, sabemos que compartir no es una habilidad que aparezca automáticamente ni una conducta que pueda imponerse mediante la exigencia. Compartir es el resultado de procesos evolutivos complejos que implican maduración cognitiva, desarrollo de la empatía, regulación emocional y experiencias relacionales seguras.
En la primera infancia, especialmente entre los 2 y 5 años, el pensamiento egocéntrico forma parte del desarrollo normativo (Piaget, 1962). Esto significa que el niño no actúa desde el egoísmo consciente, sino desde una comprensión limitada de la perspectiva del otro. Exigir que comparta sin comprender esta etapa puede generar frustración, culpa o resistencia.
Enseñar a compartir implica acompañar el proceso evolutivo, modelar conductas prosociales y construir un entorno emocional donde la generosidad no nazca del miedo al castigo, sino de la comprensión y la conexión.
El desarrollo evolutivo y la noción de “lo mío”
Durante la etapa preoperacional descrita por Piaget (1962), los niños pequeños presentan una forma de pensamiento centrada en sí mismos. Esto no implica falta de valores, sino limitaciones en la capacidad de descentralización cognitiva.
Entre los 2 y 3 años, aparece con fuerza la noción de posesión: “es mío”. Esta afirmación cumple funciones importantes:
- Construye identidad.
- Refuerza sensación de control.
- Delimita pertenencia.
- Aporta seguridad emocional.
Desde la teoría del apego (Bowlby, 1988), la seguridad es un requisito previo para conductas prosociales. Un niño que siente que sus pertenencias están protegidas y respetadas se muestra más dispuesto a compartir voluntariamente. Exigir que entregue un objeto de manera forzada puede activar mecanismos de defensa, pues para el niño pequeño el objeto no es solo material, sino simbólico.

Compartir y empatía: el papel del desarrollo socioemocional
La conducta de compartir está estrechamente vinculada con la empatía. Según Hoffman (2000), la empatía evoluciona progresivamente:
- Empatía global (primeros años).
- Empatía egocéntrica.
- Empatía hacia sentimientos del otro.
En edades tempranas, los niños comienzan a mostrar comportamientos prosociales simples, pero aún necesitan guía para comprender las emociones ajenas.
Investigaciones en desarrollo socioemocional (Eisenberg et al., 2010) indican que las conductas prosociales aumentan cuando los niños:
- Reconocen emociones.
- Reciben modelado positivo.
- Viven interacciones cooperativas.
- No son avergonzados por sus errores.
Así, compartir no es un acto moral impuesto, sino una habilidad emocional que requiere acompañamiento.
Errores comunes al enseñar a compartir
En el intento de educar valores, algunos adultos recurren a prácticas que pueden ser contraproducentes:
- Obligar a compartir. Forzar al niño a entregar un objeto puede generar resentimiento o ansiedad.
- Etiquetar. Decir “eres egoísta” impacta negativamente en la identidad en formación.
- Minimizar emociones. Frases como “no es para tanto” invalidan la experiencia interna del niño.
- Comparar. “Tu hermana sí comparte” puede fomentar rivalidad y vergüenza.
Desde la Psicología Infantil, el aprendizaje significativo ocurre cuando el niño se siente comprendido, no cuando es presionado (Siegel & Bryson, 2012).

Estrategias psicológicas para enseñar a compartir
- Respetar la propiedad personal. Permitir que el niño tenga objetos que no desea compartir fortalece su sensación de seguridad.
- Anticipar situaciones. Antes de una reunión, explicar que otros niños querrán jugar con ciertos juguetes ayuda a preparar emocionalmente.
- Introducir el concepto de turnos. El turno es más comprensible que la cesión permanente.
- Modelar generosidad. Los niños aprenden observando (Bandura, 1977). Cuando ven a adultos compartir de forma natural, internalizan la conducta.
- Validar emociones. “Entiendo que no quieras prestar tu juguete favorito” abre espacio al diálogo.
- Reforzar conductas prosociales. Reconocer el esfuerzo (“noté que compartiste, fue amable”) fortalece la motivación interna.
Compartir como resultado del vínculo seguro
La generosidad auténtica florece en contextos de apego seguro. Cuando un niño confía en que no perderá afecto ni pertenencias, puede soltar con mayor facilidad.
Estudios sobre regulación emocional (Eisenberg et al., 2010) muestran que la co-regulación parental favorece conductas cooperativas. Compartir, en este sentido, no es solo una norma social, sino una expresión de seguridad emocional.
¿Cuándo preocuparnos?
Es importante distinguir entre:
- Conductas evolutivas normales.
- Dificultades persistentes en interacción social.
Si después de los 6–7 años el niño presenta rechazo intenso y constante a compartir, agresividad marcada o ausencia de conductas prosociales, puede ser recomendable una valoración profesional. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la resistencia inicial es parte del desarrollo normativo.
La generosidad no nace del miedo
Compartir no se aprende entregando a la fuerza, sino confiando. Un niño que se siente seguro puede soltar. Un niño que se siente comprendido puede considerar al otro. La generosidad auténtica no nace del castigo ni del temor a la desaprobación. Nace cuando el niño descubre que compartir no lo deja vacío, sino conectado.
Sanas Emociones
Psicología con Sentido Humano

Referencias
- Bandura, A. (1977). Social learning theory. Prentice Hall.
- Bowlby, J. (1988). A secure base. Basic Books.
- Eisenberg, N., Spinrad, T. L., & Eggum, N. D. (2010). Emotion-related self-regulation. Annual Review of Psychology, 61, 495–525.
- Hoffman, M. L. (2000). Empathy and moral development. Cambridge University Press.
- Piaget, J. (1962). Play, dreams and imitation in childhood. Norton.
- Siegel, D. J., & Bryson, T. P. (2012). The whole-brain child. Bantam Books.


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